06 abril 2009

El acto de escribir

Después de estar durante casi toda una semana ahogándome en mis propios fluidos, se me dio por meditar sobre el acto de escribir. En mi caso –como, creo, en el de la mayoría-, la cuestión de escribir presenta, primero, el problema de las ganas y segundo, el de la constancia. Lo que, en sí, es un único gran problema.

Escribir, dicen todos, debe ser como un trabajo. Sentarse horas y horas a garrapatear probabilidades, esperando dar con la forma concreta que despierte la magia última que es, en este caso, tener un lector. Y salvo que uno sea un iluminado de la literatura contemporánea, el primer paso es inamovible.

Sin embargo, una vez resueltas las complejidades de las apetencias y las linealidades, queda un último gran escollo, el tema. Y esto es tan complejo como definir al Ser, tan simple que está en todas partes y tan complejo que no puede pronunciarse.

Vista de cierto modo –de un modo alejado de las novelas de Suar-, la cotidianeidad tiene ribetes fantasmales y de otro, pequeñas profundidades filosóficas. El problema radica en ubicarlas, concentrarlas y hacerlas legibles, otra vez, lejos del costumbrismo acartonado y repetitivo de Suar.

Así, un acceso de fiebre puede convertirse en una expedición por las selvas de Sumatra y la neumonía, en un policial que transcurre en un universo paralelo donde todos los hombres dicen “por favor”, “gracias” y se saludan con la mano izquierda, aunque irremediablemente siempre haya un muerto.

A estas alturas, todos sabemos que el “realismo mágico” es una forma un tanto artificiosa de esconder la literatura bajo otros rótulos, pero ayuda con la idea de que todas las elucubraciones son posibles. El riesgo es la mala literatura y los ejemplos son todos los otros libros de García Márquez que no son “Cien años de soledad”.

Pero todo remite a lo primero, que es elemental y que en la mayoría de los casos falla: sentarse y fracasar en el intento hasta que por fin, en el desvarío imposible de la multiplicidad, encontramos como por casualidad una línea que merece ser contada y que habla de infinitas palabras que no necesitan escribirse. Ese es el principio y el fin de la escritura. De no ser así, uno incurre en el “costumbrismo irrelevante” por más ficcional que sea el relato, o bien se dedica al periodismo.

Parafraseando a un escritor legendario, no hay historias pequeñas, hay escritores incompetentes. Pero para competencias y otras argucias del estilo, se necesitaría un artículo que hablara de las providencias del talento como un bien no negociable, y eso hoy, está fuera de moda.

Aun así, el trabajo de escribir es para todos el mismo, sentarse y diseñar otras vidas con indistintos toques de fantasía e innumerables dotes de imaginación, que bien podrían ser nuestras vidas, aunque con eso se recaería en el mal gusto de la autobiografía, que siempre es ficcional, literaria y, por eso mismo, remite a una autocompasión y a una fiebre de posteridad vergonzosa.

El acto de escribir se logra con trabajo, pasión y talento, y ninguna de esas fórmulas puede transgredirse, aunque algunos tengamos una inclinación natural y particular por alguna de ellas, la falta de las otras nos convierten en una aberración, en un estratagema trunco, en cualquier cuento de Cortazar.

01 abril 2009

Alfonsín

Voy a pecar de antipático. La muerte del ex presidente no me causa ninguna tristeza en particular. Hay algo más interesante que la muerte de Alfonsín y es ver -como muy pocas veces se evidencia- los mecanismos de la historia en acción. Hoy la historia está sucediendo, es evidente e inevitable.

Las cosas importantes -las buenas, las malas y las cuestionables-, las hizo en vida. Su deceso no es más que una efemérides futura, una eventualidad. Por lo que ceder a una reivindicación postmortem es un intento de expiación de los vivos, siempre tardía y siempre falsaria. Toda una hipocresía.

Hoy es un día de necrológicas y de ditirambos, donde nadie o casi nadie se ciñe a lo que debiera ser realmente trascendente, que no es la defunción del caudillo radical sino, justamente por su fallecimiento, la reflexión sobre la actualidad de nuestra vida democrática.

De la vida del hombre se encargarán con vulgaridad los biógrafos, como hoy lo hace la prensa con su muerte. A nosotros nos corresponde, como una obligación ciudadana, pensar.

22 marzo 2009

19 marzo 2009

Blogeratización feisbuqueabunda

Con la locura del Facebook, los blogs quedaron arrumbados en un rincón junto con todas aquellas cosas inútiles como el latín, el Atari y la religión. Cosa que, en realidad, no está tan mal.

El problema es qué hacemos con todos los títulos horrorosos que habíamos pergeñado, como "revolución blog" y cosas por el estilo que hacen un revival algo grandilocuente y aggiornado del lugar común (y todos odiamos el lugar común).

El blog nunca respondió a una necesidad -en este caso, de la expresión-, sino que fue un juguetito nuevo y advenedizo que con el tiempo, como es natural, devino. No se murió, pasó de moda, cosa que en algunos casos, es peor que la muerte.

Hoy todo es cumbio y carnaval...

15 marzo 2009

Dualidad

Para cuando Argos regresó, el mundo había cambiado y ya no podía comprenderlo.
Se aclaró la garganta y con su voz atronadora, dijo, "existe fuera del tiempo un dios y dentro del tiempo otro dios. De aquel no podemos decir nada -ni siquiera su nombre-, porque pertenece a otro campo, a un lugar inconjeturable al que miles de años de meditaciones no pudieron acceder. De este, que rige nuestras vidas y conforman uno con él, puede llamárselo voluntad. Toda vida se rige por la voluntad. Ese es nuestro único absoluto". Pero nadie le prestó atención ni se conmovió por aquel timbre de voz que tiempo atrás hacía temblar los cimientos de la tierra. El mundo había cambiado y era abominable.
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