27 mayo 2007

Poe, traducciones y diatribas

Revisando los volúmenes y papeles que atestan desordenadamente mi escritorio en función de cierto artículo sobre H.P. Lovecraft que quizás nunca termine, reencontré “El cuervo” –“The raven” en la edición inglesa que alguna vez perteneció a mis padres-, el oscuro, agotador y fascinante poema que Edgar Alan Poe, el cual hacía años que no releía.

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Si en este momento preguntara a un grupo de personas: “¿Has leído a Poe?”, la respuesta sería una afirmación contundente, ornamentada con toda clase de loas y ditirambos; completando la faena con una biografía aproximada del escritor entre sonrisa de satisfecha autosuficiencia, puesto que para eso sirve la pedantería: para embriagarse con el amor por la propia voz.

Pero si ampliara la pregunta: “¿En verdad has leído a Poe, o en realidad has leído a los traductores de Poe?”, ahí la cuestión se complicaría, comenzarían las dudas y las repreguntas, la simbología del hastío, las miradas suspicaces, y por último, la airada respuesta del estilo: “Es lo mismo”.

Definitivamente, leer un texto original y una traducción no es lo mismo, ya que esta acción requiere de una aprehensión y posterior reelaboración de la escritura. De esta manera, en la traducción lo que se emprende es un viaje a la interpretación que realizó el traductor sobre el texto en cuestión –exégesis que puede ser mínima, pero al fin lo es-, y no sobre el escrito mismo. Entonces, si tenemos en cuenta que una interpretación es, en si, una arbitrariedad de otro, estaríamos en problemas.

Claro está que hay versiones que son más aceptadas que otras, como si los atributos literarios del escribiente de segunda mano determinaran un cambio relevante en el resultado final, dándole un parangón de estratificación superior al resto. Por ejemplo, sería inusitado leer a Poe en español si no es mediante el reflejo de la pluma de Julio Cortazar, que algunos juzgan como la mejor traducción existente, y otros como una simple digresión de un escritor argentino. Puede ser mejor o peor, pero nunca será lo mismo. Recuerdo cierto testimonio de Borges, en el cual declaraba haber leído “El Quijote” en su versión inglesa y luego en el idioma original, pareciéndole la segunda una copia infiel y defectuosa de la primera. Esta anécdota es interesante, quedará para otra historia, pero ilumina de cierta manera lo dicho anteriormente.

Comprendo que mi postura es utópica, que es insensible a la realidad pretender que solo se lea a Poe en ingles, o Baudelaire en Francés, más allá de que algunos podamos hacerlo. Pero no es menos estrafalario que alguien pretenda haber leído a esos autores en una lengua foránea a aquellos. Lo válido, lo sincero, sería decir: “He leído algo aproximado a aquel autor, pero no al autor en si mismo”.

De todas maneras, sea como fuere, hoy en día corremos menos riesgo con estas vicisitudes, se lee cada día menos, y en su lugar se ha instaurado otra práctica muy común en nuestras pseudo-tertulias universitarias: Hablar de todo lo que no se sabe luego de ensayar las imposturas todos los días de la semana frente al espejo, tratando afectar las formas de la suficiencia pletórica, probable pero incierta.

Luego de la diatriba dejo el poema de Edgar Alan Poe en su versión original, y en español. Estimo que la mirada atenta del lector sabrá captar las sutiles diferencias.

16 mayo 2007

El plagio amistoso y la atenta búsqueda

Es verdad, no estoy escribiendo, pero es la carencia de tiempo lo que atenta contra mis letras, tanto contra las recreativas como las que aquí se presentan, como contra las mercenarias, las que salen exclusivamente por dinero.

Más allá de aquel inconveniente, hoy estuve toda la noche buscando una poesía o verso para regalarle a Mariana. Recorrí mis vastas bibliotecas sin esperanzas, presintiendo ya que todo esfuerzo sería en vano. Tome un volumen de Neruda que alguna vez me regalaron y que, para desgracia de mi orgullo, aun habita en algún anaquel indefinido.

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Neruda… con el solo hecho de nombrarlo vienen a mi mente imágenes de vulgaridad, de señoras obesas frente al televisor un domingo por la tarde llorando por todo aquello que su ignorancia acerca de la vida le ha vedado en saber. Por ende, no era una opción.

Recorrí los más variados parajes de la literatura buscando un solo fragmento que fuera digno de mi poeta. Dos cavilaciones vinieron a mí: cuántos libros se han escrito en la historia de la humanidad que recaen en una especie de tautología ignota. Esto no es original, algo similar dijo Borges con menos palabras y más talento. Pero lo maravilloso es la imposibilidad de conocer aquella tautología ya que los libros son, en términos reales de existencia humana, infinitos.

La segunda cavilación cayó por decantación y en forma de puñalada ¡Cuántos escritos tienen su justificación absoluta en tan solo una frase, la cual, de hecho, podría prescindir del resto de la obra!

El amor precisa de los contubernios, de las confabulaciones esperanzadas, de una noche en vela, del lado amable de la locura, entre tantas otras cosas que mi lengua autodidacta no quiere o no puede encontrar. El amor, al fin, necesita del amor o de su anhelo para poder subsistir.

Al final di con la frase que buscaba hojeando cierta obra de Sthendal a las 7 de la mañana, palabras que pertenecen a Schiller y que el francés, a modo de plagio amistoso, tuvo la delicadeza de exponer:

¡Fascinación! Del amor posees toda su energía, todo su poder de experimentar dolor. Solo sus placeres deliciosos, sus dulces goces están más allá de tu esfera. Yo no podía decir al verla dormir: “Es toda mía, con su belleza de ángel y sus dulces flaquezas. Hela aquí en mi poder, tal como el cielo la hizo en su misericordia para encantar el corazón del hombre”.

03 abril 2007

El lado siniestro del escritor

Desde hace bastante tiempo elaboro el concepto –más como vaga idea esperanzada que como otra cuestión-, de que se puede escribir historias y/o artículos sobre todas las cosas que nos rodean, desde los libros que están aquí frente a mi –lo que sería una especie de arbitrio tautológico/mágico-, hasta la fila india de hormigas que aprieta la marcha sobre el tallo de la rosa del jardín. De la misma manera, podríamos ponerle letras a las hojas ya quemadas, muertas y ajadas del árbol que planté hace tantos años, y que se acumulan en la vereda, una sobre otra, para que el viento por fin las borre.

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Haciendo uso magnánimo de la voluntad, se podrían establecer paralelos y redactar un compendio sobre el curso de aquellas, sobre la dirección de la brisa que la empuja, sobre sombra que proyectan en el asfalto mientras la mortecina luz del ocaso las amedrenta, o sobre el romántico sensiblero que observa extasiado en aquel viento absorto de abril las hojas desperdigarse desatinadamente por las calles de una ciudad jodidamente alborotada.

En los volúmenes imaginarios que ya estamos pergeñando –yo mientras escribo, ustedes mientras leen, y que por cierto serían varios ya con aquellos datos minúsculos-, puede hablarse de las causas que llevan nuestro observador a emocionarse nostálgicamente con el vuelo frígido de aquellas minucias; de sus niveles hormonales, de los ritmos circadianos y la fluctuación de los mismos; del factor temperatura que aumenta la presión arterial ruborizando sus mejillas, o del lívido resplandor de sus ojos al escuchar aquella melodía cursi en el café, horas después, aun con las reminiscencias de la primigenia bruma dorada entre muchas otras cuestiones.

La nostalgia lleva a nuestro observador subjetivo y pulsional a pensamientos de este estilo: “Ay Laura, qué será de tu vida, así, tan lejos de la mía”. Sin saber, quizás, porque en lo profundo siempre se sabe o se siente, que en ese mismo instante Laura, que también identificó en la lejanía la estela mortuoria y decadente que festeja el otoño, decidió recordarlo labrando liturgias a la masculinidad itifálica de dos negros vendedores de chucherías de la avenida Callao… porque la nostalgia es así, te envuelve, te atrapa, te viola y te escupe ¿sentiría Laura la misma nostalgia que nuestro observador? Y… quizás en el interregno entre el miembro número 1 y el miembro número 2 la sentía, pero será algo que nunca sabremos… o quizás si.

A lo largo de la historia de la humanidad ha quedado demostrado empírica y deductivamente, que no hay peor cosa que un pelotudo obsesivo que para colmo esté triste… en realidad todas las personas obsesivas viven por antonomasia en plena y profunda tristeza maquinal, pero aquí hablamos de una forma distinta del pesar como se entiende. También cabe otra posibilidad que no se disocia del todo del patetismo melodramático: la transformación por interminables y abstractos segundos en Marcel Proust, o peor aun, en la explicación profusa que Walter Benjamin da de éste; lo que en nuestra epopeya onírica vendría a ser de la siguiente manera: las hojas, en un número indeterminado que queda entre uno e infinito, pero que a la vez no es ninguno de ellos; la brisa fresca sobre el rostro, la luz incidental… todo esto como ente concreto y no como suma de particularidades, da en nuestro observador una sensación extraña, inusual y desesperante.

Nuestro observador probablemente nunca lo hubiera sabido, pero se trata de aquel momento en que todos los espacios ficciosos de lo que llamamos memoria se reacomodan, toman su lugar real, y dan como resultado la sumatoria real del pasado de nuestra existencia. Quienes lo han sufrido, para bien o para mal, personas como Proust o Baudelaire, refieren que ese es el momento de quiebre, de pugna existencial, que es allí, en ese instante y no en otro, donde el todo cobra real sentido. Por decirlo en otras palabras, se rompe una estructura que existe y mal llamamos memoria, y se conforma otra, que deberíamos nominar con un neologismo aun inclasificable.

Allí tendremos a nuestro observador, sopesando la confusión, sintiendo en la tensión de sus músculos el peso real de una cuestión abstracta, víctima de la sumatoria de casualidades. También la tendremos a Laura, con suerte, incomodando al edificio con sus aullidos roncos pero firmes, víctima probabilística de la misma sumatoria de arbitrariedades. Sumatoria para nosotros, para ellos ya dijimos, un único ente.

El hombre cuando se encuentra solo, triste y miserable, busca una de dos cosas: el alcohol a raudales y la noche prostibularia; o bien el abrazo cálido y maternal de una mujer. Hay una tercera opción, pero es escalofriante, y aunque no parezca se da con bastante frecuencia, que es la de buscar el sostén en la puta, pero no en la profesional, sino en la otra, en la putita filantrópica.

Entre las variables que hemos dado, obviamente, la que cae mejor a nuestra historia es un intermedio, Laura, que tiene algo de madre y algo de puta, cosa que bien conocen algunas señoritas, señoras y abuelas que han disfrutado de las correrías en sus años mozos…

El problema con el azar es que siempre se presenta como azar, pero el hombre obstinadamente le da otro significado, que: es dios, mala leche, alfajor o tetas. No más de estas cuatro… en realidad, las dos primeras cuando aparecen interrumpen el paso cíclico de las dos segundas, porque en general, el hombre piensa en comida o en mujeres, y a veces hasta llega a cometer el dualismo pensar sobre las dos cosas al mismo tiempo y con el mismo rapto erótico, generando un aumento abrupto de la entropía cósmica.

Pongamos a nuestro observador en situación. En la costanera, ya de noche, con su sapiencia trastabillando de manera logarítmica. “Y si Laura hubiera sido esa mujer que tanto tiempo busque ¿Cómo fue que todo pudo terminar de ese modo? Pero si soy un pelotudo, no me tendría que haber ido así, mientras ella lloraba echa mierda en un rincón”… Observador desconocía que esa misma noche Laura ya mojaba la galleta en “Bronco”, bailanta del barrio de Constitución; así, sin mediar casi palabras, contra el paredón del fondo, mientras la cachaca rítmicamente auguraba unas semanas de futuro retraso menstrual.

Tomar coraje y llamar. Toma el celular, poseído por la hibryss como si se la aspirara. -Claro está, porque es lo que mas nos conviene así acortamos trecho hacia el final, es una obviedad que se me recriminará, pero ¡A mi qué me importa!-.

-Laura…

-Si, quién es… -Con la garganta reseca por los agites del ejercicio cardiovascular.

-¿Cómo quién es? Soy yo, XXXX. –Censuramos por motivos obvios.

-Ah, vos ¿Cómo estás?

-Mmm –duda-, Bastante mal, pensando en vos… bah, en nosotros viste, en esa noche que…

-Jajaja… no te digo yo, si siempre fuiste el mismo gordito pelotudo…

-Pero laur…

-No, Laura nada, no te das cuenta que siempre fuiste un pelotudo, un pobre gordo pelotudo. ¿O acaso vos pensabas que yo estaba con vos por…

-Pero… noche… llorabas… Laura… no me digas esas cosas…

Silencio. De fondo el negro, con ese acento entre francés y zulú, que les da esa tan característica tonalidad de auténticos deficientes mentales o como se le llama en el argot de la esquina: mogólicos, de esos que tienen la manija desproporcionada: “Quién es, tu noviecito… (Risas)”, mientras los morochos se reconfortaban uno a otro para seguir con la juerga. Observador escucho las risas, el cuchicheo, la afrenta, el sonido del resquebrajamiento de su espíritu…

-¿Con quién estas? –Inquirió el Observador jadeante, ya sin fuerzas… por supuesto, la hibryss ya se había ido a la mierda. Suena la risa de Laura como una puñalada: “¿Qué querés saber, con quién estoy o qué estoy haciendo?”

-Las dos cosas… ¡Decime!

-Me estoy garchando a dos negro mi amor, siiiii, ¿y sabés qué?

Con una mano en el pecho, como queriendo arrancarse el esternón: Que…

-Me encanta esto de hacerlo de a tres. –Sonaron las risas y las loas, como un poema alfanumérico. Por fin cortó la comunicación.

Siguiendo la cadencia de la narración. Nuestro observador, aquel mismo que ensimismado vio pasar las hojas por la vereda de mi casa, quedó estupefacto, roto, doblegado primero por aquella situación que comentamos bastante mas arriba, de ser el doble de Proust; y segundo por este revés destructivo que para todos nosotros era obvio menos para él, ¿Qué pensar de la novia –o ex novia- si ésta como presente de cumpleaños a su mejor amigo le regaló una fellatio en el balcón, mientras él dormía la borrachera tirado sobre la alfombra? (Claro está, esto siempre será nuestro secreto).

Aturdido, pierde conexión con la realidad, de nada de lo que sigue tendrá registro. Para un taxi y se dirige a su departamento. Cuando el chofer le exige el pago de la tarifa, Observador baja, lo toma del cuello por la ventanilla abierta y para sorpresa de todos, aun para nosotros, lo muerde a la altura de la yugular, seccionándola, junto con parte del esternocleidomastoideo. El taxista falleció algunos minutos después.

Entró a su departamento como un haz de rencor y fatalismo réprobo. Destruyó todo lo que estuvo a su alcance. Tomó la cuchilla de quince pulgadas que había pertenecido a su padre fallecido algunos meses atrás, antes de la ruptura con Laura. Luego salió a toda la velocidad que le permitieron sus 123 kilos distribuidos en un metro sesenta de altura. Observó sin entender el tumulto enfrente del edificio, diría indignado: “Esta gente de mierda…” y continuaría su marcha.

Llega a Callao y XXX (no lo doy por motivos de confidencialidad), toca timbre y espera. Mira su reloj, parecería decir que son las 23:30 pero “¿Y a mi qué carajo me importa?”. Sus ojos encuentran una sombra cada vez más nítida, la del portero, que al conocerlo lo deja entrar. “Che, XXX ¿te sentís bien? Se te ve pálido…”, por toda contestación observador profiere un: “Grrhhhh”.

Décimo piso, toca timbre nuevamente. Espera. La puerta se abre, el negro del miembro número uno, que al verlo figura una sonrisa de sorna. Observador toma la cuchilla del cinturón y lanza un mandoble que da por debajo del ombligo y se desliza hasta la altura de la punta del esternón por la línea Alba. El negro del miembro número uno mira sorprendido sin entender qué pasa, por qué sus vísceras cuelgan como racimos de mugre hacia afuera. Observador lo toma del pecho y lo empuja hacia dentro. Lugar donde está destinada la masacre.

El negro del miembro número dos, aturdido, sin entender qué carajo es lo que pasa, saltando en pelotas, recibe el metal en el triángulo ínguino-femoral, lugar por donde pasa la arteria femoral. Número dos comienza a desangrarse con celeridad, balbuceando en su pseudo-dialecto de infradotado.

Laura, sale del toilette. Se encuentra con Observador sentado en el borde de la cama, bañado en sangre. Laura tiembla: “XXX Qué hacés acá ¿Qué hiciste hijo de puta? ¿Qué hiciste?”. Observador solo mira. Se levanta con esfuerzo, como si todas las palabras de la metafísica de Aristóteles hubieran caído sobre él. La parte macabra de la historia ha comenzado. La estrangula, la viola al grito de “Mi amor, y yo te amo tanto…”, para luego cambiar por el “¡PUTA, puta de mierda!”, y volver con el primero, y así sucesivamente. Acabada la faena descubre que aun no ha muerto. Toma la cuchilla nuevamente, y secciona las dos mamas, primero la derecha, luego la izquierda. Laura no grita, no quiere o no puede gritar. Se dirige hacia los cadáveres hieráticos de los hombres de color. Le arranca sus partes todopoderosas. Uno no ha muerto, pero es un hecho: lo hará.

Laura aun vive. Observador la toma de los brazos y le separa lenta y concienzudamente los huesos del carpo, luego le corta la lengua para después extirparle los ojos, pero no la mata. Toma el miembro número uno del negro del miembro número uno y se lo introduce con cierta dificultad en la boca convulsionada de sangre. El miembro número dos fue a para a la cavidad vaginal de la mencionada. Toma ambas mamas, las sopesa entre sus manos, se excita, pero hace caso omiso a esta aberración. Coloca la mama derecha en donde iría la parte anatómica faltante del moreno uno, y repite la acción con el moreno dos. ¿Por qué lo procede de ese modo? Y, no sé, ni tampoco le preguntaría…

Transpirado, exhausto, lejos, muy lejos de la realidad, observador se para en el balcón. Siente el aire frío de la noche golpearle los pulmones agitados. Se mira el abultado abdomen, piensa “Tendré que hacer régimen nomas che…”, y cosas por el estilo. Todas estas simulaciones de racionalidad eran eso, ficciones. Él sabía que debía morir para culminar la tragedia. Nosotros sabemos que debe morir para culminar la tragedia.

Observador mira hacia Callao y Pueyrredón: “Es verdad, si dios no me hubiese mandado esa señal de colores y fantasmas jamás hubiera podido terminar con esta cadena de historias, etcéteras, miradas y silencio… Mañana parece que va a llover”. Observador se arroja del décimo piso ensuciando la avenida y provocando un caos de tránsito.

¿Cómo fue que comenzó todo? Diciendo que se puede escribir sobre cualquier cosa, hasta de las hojas de la vereda que obstinadamente me niego a barrer aunque la vecina me lanza cada día improperios de mayor calibre. Para que esta epopeya sea buena solo le falta una cosa: talento por parte del escritor… y bueno, esto es lo que hay por hoy.

Ahora, luego de contada esta historia –chota por cierto-, veo lo que puede causar unas hojas, el viento suficiente, y el sol a ciertos grados sobre el horizonte. Así que mejor tomo pala, escoba y me retiro. Será hasta la próxima.

26 marzo 2007

Escrito Fallido

Aun recuerdo aquellas mañanas frías en Ezeiza, cuando el todo era verde y solitario, y uno podía escuchar, con el silencio trémulo, el paso lento del ferrocarril por una estación seguramente vacía, o con no mas de un par de vaqueanos rompiendo la monocorde soledad del paisaje, como dándole una especie de justificación metafísica a la existencia del mismo.

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Todavía, si cierro los ojos con esperanza, logro rememorar cómo era mi pueblo veinte años atrás, y en tanto recuerdo aquello me evoco a mi mismo, por asociación, por decantación, por un juego de alquimistas a la inversa. Y ahí me encuentro, veinte años atrás, niño, rubio e inocente, en un pueblo semi-desierto abrazado por la pobreza primordial.

Si definiéramos nostalgia como aquel ejercicio subjetivo de la tristeza que le da a lo transcurrido un brillo que en realidad nunca tuvo, y que lo hace tanto más, cuanto mayor profundidad en nuestro pasado tiene aquello, no podría considerarme nostálgico; mas si puedo sentir aquella enfermedad que tipificaron los griegos, y a la que mi alma suele recurrir con tanta afición, que es la melancolía, y es un tipo totalmente distinto de abatimiento, que siempre encuentra alguna manera de plasmarse en mis escritos, en mis cavilaciones, en mis sapiencias del amor, en mis ficciones, o en las descabelladas teorías conspirativas que atentan contra la libertad del hombre.

¿Es aquella tristeza elemental el fuego donde mi alma arde con los últimos recursos y envuelve a mis textos? Quizás escribir se sustente en el placer masoquista de mostrarse a través de otros, de los personajes, y que sean ellos los que muestren o la tristeza, o la impudicia, como una especie de tercerización de aquellos sucesos. Ya que, por más que se juegue a lo fantástico, todos aquellos personajes que circundan nuestras obras llevan nuestra impronta: las frustraciones, las alegrías, los temores, o los más oscuros y negados vicios; esto deviene en que la ficción total es tan imposible como el ensayo objetivo, o el sistema filosófico despersonalizado… más que hablar del mundo, la obra del filósofo –o del sofista- habla del mismo filósofo; las ficciones del escritor, y las poesías del poeta.

Hace veinte años comencé a soñar con ser escritor, y en ese entonces, a los cinco años de edad, en medio del desierto verde donde el tedio o el altruismo eran las únicas opciones, comencé a dar los primeros pasos de lo que podría llamarse intransigencia. Aun no transitaba cavilante y perdido por la ciudad, meditando sobre el hombre y lo que lo rodea; aun no había leído a Chesterton, a Mann, a Joyce, a Nietzsche, a Schopenhauer, a Proust ni a Sartre. Aun no estaba corrompido por el mundo, era cristalino, y por ende –supongo-, mis textos chatos y superficiales.

Pero ¿de qué puede hablar un muchacho de cinco años si no es Rimbaud? No lo sé, no lo recuerdo. Solo vienen a mi las imágenes de la sombra de mi padre destruyendo mis manuscritos en una etapa más cercana al presente, porque debía ser médico, o abogado, o cualquier cosa menos poeta o escritor, ya que esos eran estériles pasatiempos de bohemios y fracasados; de mi madre consolándome, aunque dándole la razón… si solo hubiera sabido como yo sé hoy, que algunos de los mayores logros del hombre se encuentran en las páginas finales de Mallarmé, de Rilke, de Schiller o de Borges…

Ha transcurrido el tiempo, y donde se extendía la arboleda infinita e inmutable, hoy se erigen casas, asfaltos y personas, que para mi, perdido y cavilante, son someras variaciones del paisaje. Elucido amargamente, que la diferencia entre el árbol y el hombre inculto es insustancial, comparten el mismo universo, el de la ignorancia y la ignominia, el primero porque es su ámbito, el segundo por su inconsistencia en alcanzar un estrato superior, pertenece pero es ajeno a su concepto… una manera trágica de coincidir la existencia.

Yo solo quería ser escritor, y aun me pregunto por qué. En el entretanto sigo escribiendo esta clase de artículos heterodoxos, donde se mezclan las ideas, la ficción y los espasmos de la palabra, lejos, muy lejos de aquello que denominamos nostalgia; pero cerca, muy cerca del fuego destructor de mi melancolía.

Yo solo quería ser escritor, y hoy lamento ver defraudadas mis expectativas de niño con este artículo inconcluso.

23 marzo 2007

El hombre rutinario


"...La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten a la carcoma de los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata.

En su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido a lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror a toda innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos.

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Las ciencias, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las clases incultas.

Acostumbrados a copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio social: como esos enfermos de estómago inservible que se alimentan con substancias ya digeridas en lo frascos de las farmacias.

Su impotencia para asimilar ideas nuevas los constriñe a frecuentar las antiguas. La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar a pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo, porque la familiaridad aviene a las cosas detestables y a las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecen naturales; el ojo percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende a no agitarse por torpes acciones.

Los prejuicios son creencias anteriores a la observación; los juicios, exactos o erróneos, son consecutivos a ella. Todos los individuos poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede substraérseles.

No son exclusivos de los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente suyos, le son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan y su carácter cuando actúan; son individuales e inconfundibles. Difieren substancialmente de la Rutina, que es colectiva y siempre perniciosa, extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan a los hombres; ésta empaña a las sombras. El individuo se plasma los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en el inevitable trato mundano con hombres rutinarios. El contagio mental flota en la atmósfera y acosa por todas partes; nunca se ha visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un ingenio se amodorre entre pazguatos.

Es más contagiosa la mediocridad que el talento.

Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, encalónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles a la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos, limitándose a creerse como los creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más severa, o la de sus iguales.

Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora parece que ésta tuviese mil minutos. La ignorancia es su verdugo, como lo fue otrora del siervo y lo es aún del salvaje; ella los hace instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos a la domesticidad, incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión a un lobo y un cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto a una madona del Angélico o un retrato de Rembrandt; a la salida se asombran ante cualquier escaparate donde haya oleografías de toreros españoles o generales americanos.

Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse, podemos jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura les produce efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre centones absurdos; gustan de los más superficiales, de esos en que nada podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante profundos para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental: ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición darles hábitos de rumiante. Pero, apiñar datos no es aprender; tragar no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.
Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolear su propia cabeza, renuncian a cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del resultado; no sospechan que "hay más placer en marchar hacia la verdad que en llegar a ella".

Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman ideales a sus preocupaciones, sin advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón, opiniones sin juicio. Representan el sentido común desbocado, sin el freno del buen sentido.
Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza la vida.

Satúrales esa humana tontería que obsesionaba a Flaubert insoportablemente.
La ha descrito en muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real. Homais y Gournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del boticario librepensador o la casuística untuosa del eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: "Ser tonto, egoísta, y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido".

Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa animalidad humana: resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega a maltratar a su amo, en una escena que simboliza el desbordamiento villano de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero Panza. oponiendo su bastardo sentido práctico a los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que¡ lo hiciera un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? A todos respondió con honda emoción el autor de la Vida de Don Quijote y Sancho, donde el conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero: "asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida"; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo es cristiano. La moraleja no lo es menor: frente a cada forjador de ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de la estulticia.

El resol de la originalidad ciega al hombre rutinario. Huye de los pensadores alados, albino ante su luminosa reverberación. Teme embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los proscribiría en masa, restaurando la Inquisición o el Terror: aspectos equivalentes de un mismo celo dogmatista.

Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena a serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que busca una verdad o persigue un ideal; los negros queman a Bruno y Servet, los rojos decapitan a Lavoisier y Chenier. Ignoran la sentencia de Shakespeare: "El hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende". La tolerancia de los ideales ajenos es virtud suprema en los que piensan. Es difícil para los semicultos; inaccesible. Exige *un perpetuo esfuerzo de equilibrio ante el error, de lo.; demás; enseña a soportar esa consecuencia legítima (le la falibilidad de todo juicio humano. El que se ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar las de los demás. La tolerancia es el respeto en los otros de una virtud propia; la firmeza de las convicciones, reflexivamente adquiridas, hace estimar en los mismos adversarios un mérito cuyo precio se conoce.

Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios; muestran grave inquietud cuando alguien se atreve a perturbarlos.

Astrónomos hubo que se negaron a mirar el cielo a través del telescopio, temiendo ver desbaratados sus errores más firmes.

En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios son ideas nuevas, llegarían a creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por ellos, que agradecen en lo íntimo ese favor.

En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, coro los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden la, tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman insensatos a los que suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores a los que renuncian a tener creencias propias: la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando eclecticismo a sus chafarrinadas; creen, por eso, descubrir una agudeza particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda del hombre superior fue siempre de otra especie, antes ya de que lo explicara Descartes: es afán de rectificar los propios errores hasta aprender que toda creencia es falible y que los ideales admiten perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una personalidad en cada frase, máxime si intentan subordinar el estilo de las ideas; prefieren las desteñidas lucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas que dan relieve a toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la verdad hace crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenles material de hoguera; cuando ellos pueden ser un punto luminoso en el porvenir o hacia la perfección, los rutinarios les desconfían.

La caja cerebral del hombre rutinario es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos, como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos a guisa de maniquíes. Antes de lan zarlos a la circulación levantó sus calotas craneanas y llenó las cavidades con pastas divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al calcular las cantidades, o desaliento al ver los primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya cabeza tiene una significación puramente ornamental.
Viven de una vida que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia desesperante: si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado.

El hombre original, imprudente, se detiene a contemplarlo; un genio va más lejos; trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de la física. Galileo.

Si la humanidad hubiera contado solamente con los rutinarios, nuestros conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral hominidio. La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos los abismos. El ignorante no es curioso; nunca interroga a la naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo.

Dirían que está allí porque es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el hombre de buen sentido, que cometa la incorrección de oponerse al sentido común, es decir, un original o un genio que en esto se homologan, puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un audaz a quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.

En esos hombres, inmunes a la pasión de la verdad, supremo ideal a que sacrifican su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección. Sus inteligencias son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho a la disgregación de su personalidad. No desbaratar la propia ignorancia es perecer en vida. Las tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan..."


Para que lean un poco, y aprendan otro poco mientras sigo sin ningún tipo de ganas de escribir.
"El hombre mediocre".

09 marzo 2007

Cursis líneas de madrugada


Sé que dirás que a estas horas ya debería estar durmiendo, que tengo mal semblante, que debería descansar. Que son las cinco de la madrugada, que va siendo hora de dejarme de joder con estas cosas, poner a un lado los libros, los apagar las luces y dejar de pensar.

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Sé que también dirás que tendría que cuidarme, fumar menos, comer a horario, salir al sol, sonreír más, enervarme menos, dejar de disparar sobre todo lo que se mueva y, por lo menos por una vez, abandonarme a las caricias de lo caminado hasta hoy. Sé que lo dirás con cierta esperanza escéptica –porque esto también es posible-, con briznas de desencanto. Y que con la mirada perdida entre la realidad y el sueño, suspirarás con ternura ante mis raptos melancólicos o mis explosiones creativas de eufórico sadismo.

Sé que no lo dirás por decoro, pero tus ojos delatan que detrás del monstruo de palabras contundentes han encontrado al muchacho que a veces dubita, solitario, como perdido entre el amorfo de gente que camina con sus predicaciones de autocompadecencia, como si vivieran transitando su muerte… quizás la muerte sea su propia existencia, o viceversa.

Son las casi las seis de la mañana, y recaen sobre el ventanal las nuevas luminiscencias. Las veo y no… en realidad no me atrevo a hacerlo, porque comprendo que significa un nuevo día sin vos, de filosófica soledad, de un supuesto ontológico que se cae a pedazos. A veces me gustaría jugar a que no existís, como una gran contradicción, y que aun soy invulnerable, erudito y ecléctico. Sería un juego absurdo, en donde la nada ya no sería arbitraria, sino inimaginable; no me atrevo a conjeturar si sería o no el mismo.

Pero lo cierto es que hoy… hoy te extraño con la fuerza de lo inexorable, y necesitaba escribirte estas pocas y cursis líneas, tan lejanas a mi estilo y tan propias, anhelantes de vos, siempre de vos poeta…
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