07 diciembre 2007

Mientras tanto

Que si, que estoy bien, que la mano todavía me responde -ketorolak mediante-, que sólo estoy agotado, recontrapodrido de escribir, tanto así que veo un teclado y me dan ganas de llorar. Que si, que vengo absolviendo bien el golpe de que Joaquín haya dejado los pañales y de que me diga que ya es un nene grande aunque todavía se me cuelgue a upa; si, también sigo pensando que es un milagro de la naturaleza con sus ojos azules despejados y su vocecita recriminadora cuando no me afeito.

Que si, que fui al médico y que desde la Marie nadie me había pegado tal reto y con tal insolencia. Había que verlo con su metro cincuenta y su barriga, con las mejillas sonrosadas de gordito pederasta, esgrimiendo el dedo índice con toda la sapiencia aparente de quien la ausculta frente al espejo... En fin, dijo que debo parar con el trajín si pretendo llegar a los treinta y cinco. Terminé por creerme la advertencia, pero aun no sé por cuánto tiempo, ya que aunque intento no puedo desprenderme de mis raíces filosóficas.

En fin, en los próximos días estaré escribiendo y eso es lo que nos importa a todos.

26 noviembre 2007

Furia y muerte en Avellaneda (26-6-2002)

Néstor dice que debo dedicarme al cuento o a las ficciones y yo me pregunto qué sería de mis escritos si alguna vez les dedicara algo más que los diez minutos que les entrego usualmente. En esta oportunidad jugamos a ser cronistas del pasado pero en presente, y yo, fiel a mi alma teorética me pierdo por las páginas de Foucault tratando de meter subliminalmente alguna que otra apostilla que sirva para darle algo más de profundidad al intento de crónica.

Néstor tiene razón en un sentido dual. Por una parte, tendría que dedicarme a la literatura pero para eso necesitaría un mecenas y una niñera. Por otra parte, ¿qué son las crónicas sino la ficcionalización de un momento dado, una ficción que, claro está, ponemos en términos lo más objetivos posibles para que el lector desprevenido crea que está leyendo una versión imparcial? ¿Acaso la misma vida no se transforma en ficción al ser enunciada? Podríamos escapar de esto ejerciendo una visión panóptica de las cosas, teniendo todos los puntos de vista de cada momento y en cada una de las circunstancias, pero estaríamos frente a algo contradictorio, tan contradictorio como el alma de los hombres, y los hombres no desean por lo general ver reflejadas sus contradicciones. Quizás la única diferencia entre el periodista y el filósofo sea que el primero ficcionaliza hechos intrascendentes que tendrán una importancia actual, y el segundo ficcionaliza sobre ideas no menos intrascendentes que tendrán una importancia posterior. Al fin y al cabo, los dos deben ser, causa sui, grandes mitificadores.

Demasiada introducción para un escrito tan breve…

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FURIA Y MUERTE EN AVELLANEDA

Dos muertos, 90 heridos y más de 160 detenidos fue el saldo del violento enfrentamiento entre grupos piqueteros y las fuerzas de seguridad, en uno de los principales accesos a la Capital Federal desde el sur del conurbano, el puente Pueyrredón, en la localidad de Avellaneda.

Los días anteriores, el gobierno nacional anunció que no permitiría ningún corte en los accesos a la Capital Federal y que estos, en el caso de producirse, serían persuadidos por las fuerzas de seguridad. Ante el inminente corte del puente por parte de grupos de piqueteros y desocupados, el Secretario de Seguridad, Juan José Álvarez, dispuso, con el aval presidencial, un operativo de más de dos mil efectivos, aunando las fuerzas de la policía -Federal y Bonaerense-, la Prefectura y la Gendarmería nacional. Operativo que fracasó en el objetivo persuasivo, dando paso a una brutal represión que se diseminó en una lucha cuerpo a cuerpo por las inmediaciones.

Un grupo reducido de efectivos de la policía bonaerense se adelantan parapetados con cascos y escudos, en un intento vano por intentar detener la marcha de los más de dos mil manifestantes congregados en la zona. Cuando ambos grupos se encuentran a escasos metros comienzan los tumultos, sin importar a esta altura de qué lado provino la primera provocación. Suenan los estruendos de las balas de goma al impactar sobre los cuerpos, el color blanquecino de los gases lacrimógenos tornan el ambiente nebuloso e irrespirable, como un ensueño infernal de violencia y desmanes. Entra en acción los efectivos restantes, la policía federal se introduce en territorio bonaerense, perdiendo su jurisdicción, transformando el hecho en una cuestión absolutamente ilegal. Los manifestantes se desbandan y retroceden, comienza una cacería que tendrá lugar en cada esquina de las adyacencias.

En la estación del ferrocarril Roca de la localidad, Darío Santillán es alcanzado por balas de plomo y cae. Maximiliano Kosteki se separa del grupo que a estas alturas huye por la avenida Pavón para auxiliar a su compañero herido de gravedad, quizá ya sin vida. En esa acción lo encuentran los proyectiles policiales que dan en su espalda. Kosteki tarda en morir, agoniza lentamente ante la inacción de los oficiales presentes. Afuera de la estación siguen las corridas y la violencia, la locura insensible, la fuerte dicción de los palos y de los gases; pero dentro, en el hall de la estación, se extiende perturbadoramente el estallido sigiloso de una muerte y el camino inexorable de otra, una persona agoniza, ya sin banderas políticas.

En la guardia del hospital Fiorito el comisario Alfredo Franchiotti, rodeado de periodistas intentó desligarse de las muertes y del accionar paupérrimo de las fuerzas de seguridad, refugiándose en la absurda versión oficial de que las muertes fueron causadas por disputas internas dentro de la manifestación, cuando los puñetazos furibundos de un activista se estrellaron de pleno en su rostro.

Sangre, furia y muerte en Avellaneda, una macabra alegoría de la disolución republicana que como una hemorragia profunda y huracanada arrastra el único logro a medias del gobierno de Eduardo Duhalde. Mientras que en el eco del violento fracaso de una reconstrucción positiva de la Argentina que alguna vez soñó con ser grande, sonarán las tristes palabras de Álvarez como un amargo estertor insoslayable: “La policía en ningún momento portó balas de plomo. Por lo que tengo entendido, la balacera se produjo entre los bloques piqueteros. Igualmente, se investigará hasta las últimas consecuencias”.

12 noviembre 2007

Memorial de una crónica con pocas ganas

HURACÁN GOLPEÓ A RIVER EN EL APERTURA

Luego de encontrarse en desventaja, el equipo dirigido por Osvaldo Ardiles logró dar vuelta el resultado y hacerse con el triunfo 2-1 frente a River Plate.

Los dos debían ganar, por diferentes motivos, pero debían ganar. Huracán para cerrar una temporada exitosa en su regreso a la categoría máxima del fútbol argentino. River Plate para mantener sus -remotas- chances de llevarse el torneo apertura, para romper con un cúmulo de temporadas sin títulos. Aun así, el técnico Daniel Pasarella, con el objetivo puesto en la revancha contra Arsenal de Sarandí por la copa Sudamericana, presentó un equipo mixto, conformado por varios suplentes y juveniles; por lo que la derrota no dolió tanto a la ya convulsionada hinchada de River, aunque indudablemente dejó el sabor amargo de una nueva derrota.

Durante el primer tiempo, el desarrollo del partido favoreció al equipo de Núñez, que con un planteo inteligente presionaba al local. Este, con una formación estática no se mostraba práctico a la hora de salvar la mitad de la cancha y despejar el peligro cada vez más cercano a su valla. En las tribunas se percibía cierto escepticismo, no tan pronunciado en la tribuna de Huracán, ya que ganarle a un grande de la envergadura de River siempre es un punto de motivación; pero si en los hinchas de River, el aburrimiento especulativo del encuentro –más allá de algunas acciones de riesgo sobre el arco local-, no prometía gran cosa, en otras palabras, ofrecía lo que ya es usual en la etapa Pasarella: aburrimiento y la posibilidad cierta de una nueva derrota. En los diálogos internos, con cierta acritud se pide la cabeza del técnico.

Alrededor de los 20 minutos el partido se equilibra y comienzan situaciones de riesgo moderado en ambas aéreas. Las tribunas siguen con impaciencia el poco fructífero trámite del partido. Llega Huracán al arco visitante y por poco se queda con la apertura del marcador, pero en un fugaz contrataque, luego de una pared con Andrés Ríos, Sixto Peralta la picó ante la salida del arquero: Gol, no un gol de antología, pero al fin gol. El festejo tardó unos instantes en producirse, los hinchas del club de Núñez se miraron incrédulos entre si, como si un hecho fuera de lo común hubiera ultrajado la oscura monotonía del partido, era un gol que los ponía en ventaja. Era, de hecho, algo poco común en estas últimas temporadas.

Sobre el final del primer tiempo una catarata de insultos póstumos corre hacia el campo de juego. “Eso es penal hijo de una gran p…”, espeta un hincha visitante al árbitro y toda la tribuna empuja. Una larga corrida de uno de los juveniles debutantes en este encuentro, un defensor local le cometió infracción dentro del área. El árbitro la cobró afuera. Una hinchada insulta ante la posibilidad impensada de aumentar la diferencia, la otra suspira por esos mismos motivos; el réferi: mutis por el foro. Así termina el primer tiempo.

Para la segunda parte Osvaldo Ardiles mueve el banco y le da entrada al veterano Antonio Barijho. El cambio surte un efecto inmediato, Huracán se muestra más ofensivo, más dispuesto al juego abierto. El equipo visitante, conformado por juveniles y por habituales suplentes –muchos de los cuales, se preguntan los fanáticos el porqué no les han dado aun el pase a retiro-, quiebra la barrera de la prudencia y se entrega al franco retroceso, en desbandada, casi con temor. Se percibe en el aire, en el campo, en las tribunas, pero el gol ‘quemero’ no termina de llegar. A los 14 minutos del complemento, la actitud temerosa del visitante da lugar al desborde por izquierda; centro, cabezazo y gol. El Diego Maradona entra en frenesí, la hinchada de Huracán festeja el principio del final de un grande, por lo menos en lo que se refiere al torneo local.

El partido empatado. La perplejidad de los espectadores visitantes comienza a tornarse en resignación, una pesadumbre que da paso a la maledicencia sobre el técnico, que se repite vez tras vez, como una oda circular de Wagner. La tribuna local es pura algarabía y aliento, empuje y festejo; ven una victoria próxima y posible, el griterío ensordecedor es la inyección anímica necesaria para que huracán tome el centro de la escena en el sprint final.

A partir de ese momento y con el partido en tablas, Huracán sacó a relucir todo su rodaje y experiencia en la segunda categoría del fútbol argentino, y pocos minutos después llegó lo que quizás todos esperaban, un derechazo de Sanchez Prette que se incrustó en la red del arco visitante, y que destruyó el endeble sueño de los juveniles de Pasarella. El jugador local lo gritó con desahogo, con toda el alma, como se debe –según los entendidos-. Barijho también lo grito, pero de cara a la tribuna visitante, más como un fanático de Boca que como un jugador profesional. Esto incitó la ira del público que arrojó al campo todo lo que tenía a mano y provocó la suspensión del partido por unos minutos.

El segundo gol de Huracán sentenció el final del encuentro faltando más de 20 minutos para el cierre –más allá de los tumultos provocados por la insensible estupidez del delantero de Huracán-. River tropezaba una y otra vez con la inexperiencia de sus debutantes y con la morosa mediocridad de los habituales suplentes. Huracán siguió buscando hasta el final, River ensayó algunos cambios inefectivos y todo terminó como la lógica de un partido opaco y chato lo indicaban. Al final de cuentas, a River le quedará el triste consuelo de una revancha con Arsenal, por la copa Sudamericana, un consuelo con gusto a poco que mira desolado y con añoranza la historia de un club que fue grande y cuyo presente huele a fracaso no sólo deportivo. De un lado esto. Del otro lado fiesta, los “quemeros” están de fiesta y la tienen merecida.

05 noviembre 2007

Noche, humo y caminos

Porque grabé esto y no me termina de cerrar, pero es lo que sale en días como hoy que extraño a Joaquín con toda la vida.
Que suena a noche y a humo dijo Manuel, que suena a hombre solitario que busca un camino dijo Mariana. Yo prefiero no ponerle nombres y olvidarlo rápidamente, porque eso significaría que estamos jugando a los autitos con mi niño.
Por cierto, no le pidan demasiado a mis manos enfermas. Y si, la calidad del audio es horrible, pero es lo que hay.

Click acá para descargar el archivo o acá: http://rapidshare.com/files/67623260/REC008.WAV.html

31 octubre 2007

La muerte de un viajante

Ensordecedores fueron los aplausos y ovaciones que se elevaron desde cada rincón de la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza al promediar la medianoche del viernes. Podía leerse en el rostro de los presentes el agradecimiento por una obra impecable, el reconocimiento al enorme talento del multipremiado actor Alfredo Alcón, tanto así, que si Esquilo, Sófocles, Ibsen o el mismo Arthur Miller hubiesen pensado en un actor para sus tragedias, seguramente sería éste, con su magnánima presencia en el escenario y esa capacidad embriagadora para mantener al espectador al vilo de las emociones. El otro gran protagonista de la obra, Diego Peretti, logra momentos de gran lucimiento actoral por más que en ciertos pasajes se note su dedicación eminentemente televisiva.

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La función, prevista para las 21 hs., se demoró unos minutos ante la continua llegada de espectadores que, ignorando los letreros repletos de luces y photoshop del teatro de revista que abundan por la calle Corrientes, optaron por un drama gigantesco e intemporal en un auditorio, a priori, austero. Llama poderosamente la atención la ausencia de público joven, esas personas que son sobre todas las cosas el futuro del teatro. Quizás la auscultación del alma de un solo hombre –que de eso trata “La muerte de un viajante”-, que es al cabo todos los hombres, como una gran elipsis schopenhaueriana, sea demasiado chocante para una juventud enclaustrada en el relajo de espectáculos que requieren como virtud, de las redondeces curvosas del semillero de nuevas modelos tontas y de una pasividad intelectual que se da la mano con la falta de sentido alegórico.

La escenografía minimalista emplazada por Jorge Ferrari, se bastó de una cama y cuatro sillas que irían cambiando su distribución sobre un alfombrado verde, dando el clima deseado de angustiante soledad aun en los puntos más álgidos de las ensoñaciones que los personajes se permiten. Un escenario elemental que cumple con su cometido de recrear el clásico de Arthur Miller más en base a talento actoral que a parafernalias estetisistas.

A lo largo de la obra, el pasado y el presente, se entrecruzan majestuosamente con efectos sonoros y luminosos que evitan cualquier tipo de confusión al espectador. Los recuerdos de los personajes, los hechos en tiempo real y las situaciones que sólo suceden en la mente de un Willy Loman interpretado magistralmente por Alfredo Alcón, llevan al espectador desde la risa hasta la misericordia absoluta por aquel hombre que ha fracasado en la vida y en su profesión –a la que le ha entregado su vida-, y al que sólo le queda el remedo de la fantasía y la extraña enajenación para soportar los terribles embates de una realidad oscura y profunda. El conflicto central con sus hijos, Happy y Biff Loman (Sebastián Pajoni y Diego Peretti respectivamente), son el espejo invisible donde Will observa la disolución de sus últimas esperanzas de trascender a través de otro, de lograr lo que a él le ha sido esquivo en su carrera comercial en la cual ha centrado la existencia: el éxito.

El auditorio de dimensiones reducidas coloca cara a cara al espectador con los actores y con algo que trasciende a ellos, el sentido último de la obra, el existencialismo atroz que va dejando un gusto amargo en cada uno de los allí presentes, el de una historia ficciosa pero perfectamente posible, estrenada cuarenta y siete años atrás pero –podría decirse-, irresponsablemente actual; una obra que, quizás, todos hayan vivido en algún momento de sus vidas, también a la manera de Schopenhauer, como un momento que es todos los momentos en un tiempo determinado.

A lo largo de la función los concurrentes dispensan la mayor parte de las emociones del género humano, desde la cólera hasta la alegría, desde el morbo bizarro hasta la tristeza elemental pero profunda. La metáfora concluyó con precisa y brutal justicia poética, como toda obra intemporal cuando es ejecutada por actores brillantes. Una estruendosa ovación sacude la pequeña sala Pablo Picasso, una ovación que se hace más profusa cuando los actores se hacen presentes, una ovación que se sintetiza en cierta dama secándose las lágrimas entre los aplausos fervorosos y en cierto de caballero -de raudo aspecto- intentando ocultarlas.

22 octubre 2007

Los apuntes de Marie

Día I

Muchas veces siento miedo al escribir sobre mí, ya que tiendo a confundir el pasado real con lo soñado y lo soñado con lo literario, si es que acaso existe alguna diferencia terminante entre lo uno y lo otro. Quizás, con el tiempo lo vivido y lo soñado se transforman en un híbrido que nos mantienen a salvo de nuestra propia historia, vivencias que cubrimos, como siempre digo, bajo el tierno manto luminoso de la nostalgia –aunque siempre te reís cuando lo hago-.

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Muchas veces me duele recordar, me cuesta recordar, porque es de alguna manera violar esos mágicos despliegues de una inocencia que ya no poseo o que tal vez he imaginado poseer alguna vez. Por lo tanto, hoy que me tiemblan las manos frente a estas teclas escribiré lo que salga, sea sueño, realidad o ambas cosas… al cabo, hay quienes dicen que el tiempo, a lo largo de una eternidad, encuentra justificaciones a todas las cosas, y que somos nosotros los demasiado finitos, los demasiado breves, los demasiado humanos. Otros, probablemente más fantasiosos o humanistas, afirman que existe algún tipo de dios benefactor que nos perdonará en su momento por nuestras decisiones, o más bien, por los aspectos negativos de estas, que en este caso serían estas líneas que escribo con el arbitrio impune de mal escritor.

Hoy, que te escribo y a la vez me escribo, me gustaría tener en las manos aquel viejo libro de Machado que siempre permanecerá en mi imaginación tan tuyo, aquel de las tapas coloradas y las páginas ya teñidas de tiempo. No sé por qué, ya que los años de ciencia fueron liquidando de a poco la mayor parte del pensamiento mágico que pudiera llegar a albergar, pero sin lugar a dudas sería una especie de amuleto, una madera de flote en este continuo naufragar, una manera simbólica de tenerte cerca a pesar de las distancias que nos median de destiempo y kilómetros.

Machado, español y tipo raro, que paradójicamente me enseñó la mayor parte de la poesía que he conjeturado a lo largo de este tiempo. Aunque después, con los años, me llegaron otros poetas más relevantes -sobre todo los viejos franceses locos-, ninguna poesía en libro tuvo en mi ese carácter de fundacional. La otra poesía, la más importante, la de todas las cosas de la vida, me la enseñaste sin necesidad de libros, sino en base a unas pocas palabras y a mucho accionar esmerado, como una guerrera estoica que sin importar dónde iba a pelear sus batallas, pequeñas batallas cotidianas, las que sin lugar a dudas son las más heroicas. Hoy quisiera tener ese pequeño libro de Machado y no otro que pudiera encontrar en mis bibliotecas ya desvencijadas por el peso de los volúmenes, sino ese, el pequeño libro de tapas rojas, por el que daría los miles de libros que desbordan mis anaqueles.

Día II

Sigo escribiéndote la carta, pienso que en tiempos de buenas letras la hubiera terminado en un par de horas a lo sumo, pero últimamente ando con las letras en baja, como suele pasarme cuando la tristeza que me es inherente se termina por adueñar de todo. Creo que siempre pensaste que era bipolar pero que nunca me lo dijiste, justamente, por miedo a que lo fuera y que la noticia desatara una de mis tormentosas odas coléricas por las que tan bien se me conoce y que tantos problemas me ha traído. Con esto recuerdo nuestras largas jornadas en lúgubres hospitales atestados, ya que el muchacho había nacido con la cabeza fuerte pero con el corazón débil. Quizás haya sido allí, en esas largas esperas, estudios, ensayos, articulaciones, nuevas esperas, nuevos estudios, nuevos ensayos, nuevas articulaciones y al final la perplejidad médica al no dar con la causa, donde me nacieron el instinto filosófico y el voccare medicinal, donde vos me diste libertad de elegir y yo, como casi siempre, elegí mal.

Todavía hoy, cuando ya miro más hacia los treinta que hacia los veinte, me retás porque como a deshoras, duermo poco y fumo como una bestia, como una especie de miedo ancestral a que mi corazón por fin colapse y vaya a tener la osadía de morirme antes que vos, ante lo que, como buena madre inglesa, me abofetearías por no haber tenido la flema suficiente como para morirme un poco después –esto es en joda, y lo aclaro por las dudas, no vaya a ser cosa que termine esta carta justo en tu día y me termines abofeteando de verdad, también, como una buena madre inglesa-.

Día III

Me duelen las manos, lo que me quita las ganas de escribir. Sin embargo te escribo dos líneas para que sepas que no abandoné la empresa tan pronto y que tengo la expectativa de terminarte una carta más o menos decente para el día de la madre. O termino la carta o te las tendrás que ver con estos apuntes que se pliegan sobre si mismos como un remedo de los juegos borgeanos.

Estuve leyendo a tu querido Oscar Wilde y pienso: “La puta, ¡como me gustaría escribir una carta como De Profundis!”, cosa que ambos sabemos nunca sucederá, porque no me alcanza la paciencia, ni las palabras, ni la poesía.

Día IV

Tuve la idea de escribir poesía… la insana inspiración de escribir, al fin, algo. Fue tiempo perdido. Hoy fue uno de esos días en los que me sentí infinitamente solo, en los que usualmente suelo escribir poesía; pero justamente hoy que es uno de esos días la poesía reniega de mis manos. Entonces tomo las hojas y comienzo a dibujar círculos, rayas y letras sueltas, hasta que de pronto me encuentro con un modelo de los dibujos que suele hacerme Joaquín tirado de panza en el piso o en el jardín, con los mismos fibrones de colores, y que adornan las paredes de mi estudio –agotadas las probabilidades geométricas de la puerta de la heladera-.

Te parecerá cómico, pero en estas jornadas donde se impone la solitaria melancolía ataráxica, prefiero la lozana quietud de mi estudio. Soy conciente de que cualquier presencia humana no haría otra cosa que alimentar el desasosiego con una especie de feedback absurdo pero real, en el que la distancia ya de por si insalvable que nos separa con aquella primera frontera que es la piel, se tornaría aun más abismal al reparo de que más allá de alguna que otra reminiscencia jamás lograríamos entendernos enteramente… ciertas veces es divertido jugar al análisis, pero otras es simplemente una fatalidad.

Parece mentira que algunos me vean profundo y que hasta osen usar la palabra ‘talento’ como entidad definitoria para algunas de las cosas que hago, cuando en realidad siempre he dependido de que alguien más me sostenviese en el camino, vos o Joaquín, o los dos. Creo que al fin fuiste la única persona que comprendió cuando abandone todas las proyecciones de mi carrera académica para dedicarme a la paternidad con todas las fuerzas, con todas las ganas, con toda la vida. Nunca me lo reprochaste, porque fuiste vos quien me enseñó que la hombría y la masculinidad son dos cosas distintas, que ser hombre implica tomar decisiones en el trayecto de la vida y hacerse responsable de las consecuencias de las mismas, tanto de las buenas como de las malas. Y así, cuando todos ofrecían la salida rápida yo elegí por la vida, con la misma ferrea actitud e inflexible integridad con que vos hiciste conmigo, porque a vos también te ofrecieron lo mismo, por lo que te estoy debiendo dos veces la vida y mucho más. Y sabiendo esto ¿Cómo podría yo haber decidido de otra manera? No solamente el lazo filial nos une, sino pareciera que también el destino, ese mismo destino del que tantas veces descreo.

Hoy, como dije, me siento profundamente solo, pero me alcanza con girar la cabeza y ver esos dibujos de mi hijo –de tu nieto-, que tanto se parecen a este que en una regresión involuntaria he trazado, para que una sonrisa y una profunda lágrima de emoción me corran por la cara, como se debe, al unísono.

Madre, te siento tan cerca hoy que estoy tan lejos de todo.

Día V

“I see the sleeping babe nestling the breast of its mother,
The sleeping mother and babe--hush'd, I study them long and long”. W. Withman.

Es el día, debo terminar estos apuntes, que ya son resignadamente anotaciones libres y no una epístola formal. Hubiera querido escribir más y hacerlo con profundidad, pero lo cierto es que no es sencillo escribir sobre estos veintiséis años y mucho menos con calidad en tan poco tiempo, sobre todo si uno no es Dostoievski.

Todavía es de madrugada y el sol comienza ya a despuntar aquí en el campo, son estos momentos en donde me vuelvo a sentir parte de algo, cuando el rocío matinal levanta el aroma de la tierra húmeda que tanto me retrotrae a la infancia, dura, pero por cierto feliz. Inspiro profundamente, me embebo en nuestra historia, o en la leyenda de vidas pasadas que son nuestras propias vidas sólo que tiempo atrás. Es curioso que utilice la palabra leyenda, que significa: lo que debe ser leído, cuando en realidad es algo que todavía no he escrito y que quizás nunca lo haga. Pero heredé de vos la misma concepción del tiempo, esa que dice que es un espacio con el valor del potencial y que sólo adquiere valor real con el correr de las acciones que lo llenan, por lo tanto, si no has hecho nada no has perdido el tiempo, simplemente lo has dejado en blanco y eso es lo irremediable. Y por esto he logrado entrever a lo largo de toda una vida, Madre, que vos preferís escribir de otra manera, una mucho más trascendente que la mía, vos escribís con el tiempo y con las actitudes, con los gestos y la hidalga costumbre de estar siempre cuando todo lo demás se ha corrompido; como cuando en el momento más trascendental de mi vida, en el que toda mi familia y todos mis amigos me habían abandonado, vos llegaste despeinada y a medio vestir y me abrazaste, y yo, que ya hacía años que era un hombre raudo y duro –como lo exige el mundo-, pude llorar abiertamente y decirte: “Mirá mamá, soy papá”.

Feliz día vieja, el amor nunca pasará.

PD. Prometo el próximo año traer a la poeta y amenazarla con una muerte dolorosa si es que amaga con irse. Ella me hace feliz, si, escuchaste bien, feliz… rara sensación para un animal de letras.
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